David le agarraba violentamente la cintura, penetrándole con sus pequeños ojos verdes, fruncidos de enojo, y su cercanía le recordaba a Katie por qué él nunca sería su tipo. Calvo, gordo y feo, siempre parecía enfadado y, es más, fumaba como un carretero. David era ex-guardia civil, y cuando bailaba con Katie, le sujetaba como si fuera uno de sus presos. Cuando terminaba la clase y bajaban las luces para dar comienzo al baile, Katie solía intentar esquivarle, para evitar el riesgo de una posible contractura, dado que a Katie una vez casi le había arrancado el hombro de su glena cuando le había practicado un dile que no,y eso que esta última era una de las figuras más básicas y sencillas del baile de la salsa, sin tanto contorsionarse. Aunque David nunca se quería dar por aludido, Katie sí lo tenía muy claro: él nunca sería su tipo.
***
Desde el perímetro de la pista de baile, Katie hundió su mirada en un bailarín cubano, manteniéndola inmóvil, casi sin respirar, hasta que los ojos de negro profundo de él la clavaron y la miraban fijamente durante unos instantes, causando el corazón de Katie a dar tanta voltereta que le llegaba hasta su boca, y sus obsesivos ojos azules se iluminaron. Pero a pesar de que el bailarín le devolvió la mirada de forma tan contundente, invadiéndole, como siempre no le sacaba a bailar a Katie. Él era más bajo que ella, con el pelo liso hasta el cuello y con una cara muy entallado por los elementos, y Katie no entendía como ese hombre había llegado a monopolizar tanto su atención estos meses. Eso sí, era un gran bailarín y, como casi todos los sud-americanos, se movía con mucha soltura, marcando los pasos como si fuera algo tan natural como respirar.
- Pues qué remedio- se dijo Katie, siempre a favor de no perder el momento, y mucho más lanzada que a veces permitido en el mundo machista del baile – donde, como manda la tradición, el hombre suele invitar a la mujer a bailar -, ella decidió a hacer caso omiso a las señales y a la tradición, hipnotizada por unos grandes ojos más negros que la augita y, de forma chulesca, se acercó al cubano que se disponía a salirse de la pista de baile después de la última canción.
- ¿Bailamos? – pronunció su boca roja de forma impetuosa, impidiendo su salida de la pista.
El cubano le miró sin contestar, sudoroso, con aire cansado de haber bailar demasiado, y luego miraba más allá de ella y de la pista intentando pensar en alguna escapatoria. No viendo ninguna, la cogió a Katie de la mano y, resignado, le llevó al centro de la pista. Katie no recordó qué canción tocaba durante ese baile, solo recordaba el cubano, con aire incómodo, dando por sentado que ella pretendía más que bailar (¡y claro que lo pretendía! ¿pero tenía él que demostrar de forma tan creído que se había dado cuenta de ello?), con gesto serio y pose alejado de advertencia de que él no pretendía lo mismo que ella, y Katie empezaba enseguida a arrepentir de haberle sacado a bailar. Al final del baile, los dos se dieron las gracias y dos besos.
– ¿Cómo te llamas? – le preguntó Katie nerviosa, intentado prolongar el momento contra todas las esperanzas y vestigios de sentido común.
– Víctor-le respondió, sin molestarse a preguntar por su nombre.
– No le lleves al hombre–espetó el cubano secamente- lleva el hombre-, y, acto seguido, por fin, se retiró de la pista sin volver a mirarle a Katie. Tenía razón él, Katie tendía a adelantarse y a no esperar los pasos del hombre – ¡nunca se acostumbraría a esto de que le tenía que mandar un hombre!
-Olvídalo- se pensó Katie para sus adentros ¿Una inglesa y un cubano – era imposible – qué podrían tener en común? En principio, nada, pero a veces los extremos opuestos se terminaban por atraerse inexorable, inexplicable e ilógicamente. En el fondo, Katie era alérgica al compromiso y siempre se dejaba ser hechizada por amores imposibles que nunca terminaría ni por empezar y que se quedarían en una mera quimera. Quizá las secuelas de un malísimo padre: maltratador, mujeriego y vago, que destruyó la vida de su madre y de sus hermanos y quien, cuando se murió, solo dejaba a Katie y a sus hermanos y su madre con una profunda sensación de alivio e indiferencia, y quien nunca había hecho nada positivo en su vida y quien le hacía creer que los hombres generalmente no servían para nada, salvo para alguna necesidad puntual, y que era mejor no hacerles mucho caso ni perder mucho tiempo con ellos. En resumen, con su tiempo Katie casi siempre encontraba algo mejor que hacer que pasarlo con un miembro del sexo opuesto.
Después de su intento fracasado de estrechar relaciones anglo-cubanos, Katie empezaba a aburrirse. Pasaban los minutos y nadie le sacaba a bailar y la reciente experiencia con Víctor le había quitado las ganas de sacar a bailar a más hombres.
De repente, un brazo tiró bruscamente de la mano de Katie y la arrastró a la pista. Era David.
-Ay hola – le dijo Katie, aliviada, por lo menos, que alguien, por fin, le había sacado, aunque solo fuera David. Al menos él podría servir de táctica para demostrar al cubano que alguien tenía interés por ella. Bailó tres canciones seguidas con David, mirando al cubano de tanto en tanto para ver si ya se encontraba invadido por los celos. A veces Víctor le miraba y sus ojos negros le volvían a quemar, pero parecía todo menos celoso y, a pesar de su aire cansado y sudoroso, no cesaba de sacar a otras chicas a bailar.
- ¿Tienes novio? – le interrogó David.
- No- dijo Katie, mirando a Víctor de reojo por enésima vez y perdiendo el paso cada vez que lo hacía dado que, cuando se bailaba salsa y el hombre daba vueltas a la mujer a cien por hora, si la mujer se dejaba de concentrar, aunque fuera durante un nanosegundo, fácilmente rompía el ritmo del baile.
- ¿Y tú? – Katie le preguntó. – ¿O mujer?
- No, no tengo mujer – espetó David, quien pareció molesto por la pregunta.
- ¡Vaya, por aquí, parece que todos se mosquean por todo hoy! – se dijo Katie.
- ¿Me das tu teléfono? -le preguntó David.
- ¡Ni hablar! – contestó Katie riéndose. Se despidió de él rápidamente y fue a buscar su chaqueta entre un montón gigante de abrigos abandonados en unos sofás cercanos. Ya era bastante tarde. Quedaban pocas chicas en el local, y en el mundo muy sexista del baile, igual una chica sola, tarde, en el local entre muchos hombres haría pensar a algunos que pretendía más que bailar, con lo cual, viendo además que David se estaba poniendo muy pesado, decidió escaparse sin despedirse de nadie más.
***
Domingo de abril por la tarde. La clase intermedia acababa de terminar y solo quedaba la avanzada y a Katie no le apetecía darla por excederse mucho de su nivel. Se procedía a salir del local a fumar un cigarro y un sol prepotente le cegaba hasta tal punto que tenía que enderezar los brazos para descubrir donde estaba la segunda puerta de acceso para salir a la calle. Estaba a punto de soltar la puerta vaivén con su mano derecho cuando una sombra que no había percatado por la fuerza de la luz del sol le asaltó y dos manos le enganchó la cintura anclándola firmemente al suelo sin la posibilidad de moverse.
- ¿Adónde vas? – le preguntó David apretándola a Katie contra su pecho con dos gruesos y peludos brazos morenos.
- ¿Quieres quitarte las manos de encima? – gritó Katie aún estremeciéndose por el susto.
- ¿No te gusta que te abracen?
- ¡Suéltame ya de una vez! -contestó Katie. – Y tampoco lo llamaría abrazo. Cómo no me sueltes ya voy a gritar tanto que a ti jamás van a volver a dejarte entrar en este local.
- Vale tranquila -solo estoy jugando – ¡qué quejica eres!
- Me estabas haciendo daño – replicó la inglesa aún notando la presión en su cintura después del fuerte estrujón que le había pegado David.
- ¡Vale vale, qué frágil eres tía! sonrió David insertando un cigarro entre los labios.
- ¿Qué tal la clase? – continuó, sin disculparse y tampoco sin encender su cigarro.
- Bien – suspiró Katie. – Bueno si insistes en seguir aquí por lo menos darme fuego, ¿no?
- Qué borde eres tía – siguió el ex guardia civil acercándose su cara de forma diagonal a la de Katie, casi en ademán de besarla, y luego retirándola muy de repente para concentrarse en rescatar algo de su bolsillo.
- Toma – le dijo, estrechando su brazo para ofrecerle el mechero de plata a Katie.
- Gracias – contestó Katie, inhalando la primera calada profunda y lentamente.
- Bueno, a ver si quedamos un día a bailar mujer, que ya nos conocemos durante mucho.
- No nos conocemos de nada tío – se río Katie. – No tengo tiempo para quedar, lo siento.
- Como amigos tranquila, venga, ¡no le como a la gente!
- Qué no, gracias – respondió Katie, dando por zanjado el tema.
- ¡Vale, lo que quieras!
Los dos seguían fumando en silencio sin encontrar ningún tema de que hablar. Un silencio incómodo que Katie rompió de repente con una pregunta que siempre le había picado la curiosidad acerca de su admirador no deseado: – ¿y por qué dejaste la guardia civil?
- Eso no es tu asunto – estalló David, arrancando el cigarro casi moribundo de la boca y tirándolo lejos sin molestarse a observar por donde terminó de caer.
- Nos vemos dentro – le dijo a Katie lanzándole una mirada reprobadora.
Aunque Katie también había terminado su cigarro, decidió dejar un par de minutos antes de volver a entrar en la discoteca. David pareció haberse enfadado mucho por su pregunta y Katie decidió que no sería aconsejable cruzarse con él enseguida. Se alejó del local hasta donde terminar la acera y dio la vuelta para hacerse un selfie delante de su discoteca favorita de salsa de Madrid, asegurándose que el cartel con el nombre Cats salió de fondo. Cats era el sitio de referencia de bailes latinos en Madrid y aunque solo tenía sesiones los domingos, siempre se llenaba mucho y siempre tenía un ambiente inmejorable con los mejores bailarines, congresos y actuaciones.
***
Pasaban las semanas y el bailarín cubano seguía sin sacar a Katie a bailar y David, tan hermético como siempre, seguía decidido a conquistarla.
-¿Por qué le molestaba tanto hablar de su vida privada? – se preguntaba Katie a veces, cayendo en la cuenta de que, poco a poco, había empezado a pensar más en David, siempre tan imbuido de misterio. – Pues alguna gente simplemente no le gusta hablar de su pasado – sentenciaba, aunque, a veces, a su instinto no le convencía su explicación y la actitud de David le seguía excitando la curiosidad a Katie. En realidad, debía de evitarle, pero una pequeña parte de ella, igual los retazos de sus años de periodista, tenía que indagar más y le aumentaba el desasosiego cada vez que se encontraba con él en Cats y su interés en saber el porqué.
Un domingo, aunque siempre había dicho que no lo haría, Katie aceptó la oferta de David de llevarle a casa. Cuando llegaron al piso de Katie, estuvieron hablando en el coche de David durante media hora, de baile y de sitios de baile sin que Katie se atreviera a hacerle más preguntas personales. Luego Katie se despidió de él, y se disponía de salir del coche, cuando dos enormes manos la envolvieron bruscamente, exprimiendo su abdomen fuertemente.
- David, por favor – suplicó Katie.
- Vale – solo quería un beso antes de irme.
- Solo somos amigos David.
- Hay muchas definiciones de amigos – se reía David sin suavizar su agarre.
- Me haces daño tío.
Los corpulentos brazos de David giraron el torso de Katie hasta que la cara de ella también se vio obligada a girar, y David le plantó un solo beso y mucha saliva en su boca, metiendo su lengua durante unos segundos, impidiéndole la respiración a Katie durante un largo instante, para por fin soltarla con tanta rapidez que se dio con la cabeza contra la ventana del coche.
- Dios que bruto eres – le reprochó Katie, quien no perdió la oportunidad de salir del coche nada más ser liberada. – Eso no puede volver a pasar – y corrió hacia su puerta con mucho temor de que le siguiera.
- Adiós cariño ¡Qué descanses! – se rio David, mostrando sus dientes pequeños por primera vez. Era una de las pocas veces que Katie lo había visto reírse.
Katie entró en su casa limpiando su boca con el dorso de su mano una y otra vez, escupiendo los besos de David al váter sin parar. Dios, ¿cómo había terminado en su coche hoy cuando, hace unos meses había jurado que no iría con él a ningún lado? Desde el primer momento era un chico que le había dado mala espina, y por no sabía qué motivo había empezado a pensar en él. ¿Era porque desde hace meses ningún otro hombre le había hecho caso o porque a David le intrigaba porque no adivinaba qué le pasaba en la cabeza? En realidad, Katie no entendía que se estaba pasando, pero no podía involucrarse con él y lo mejor que podía hacer era evitarle de ahora en adelante.
***
Sin embargo, no era tan fácil esconderse de David – siempre estaba en Cats y, es más, había conseguido su teléfono del grupo de whatsapp que el local había creado para organizar quedadas de baile, y él le llamaba sin parar. Con lo cual, sin realmente entender cómo, poco a poco Katie empezaba a verse con David, primero después de Cats los domingos, y luego incluso durante la semana: empezaron noches de sexo brusco y besos empapados, desprovistas de caricias y susurros. Katie seguía sin saber por qué él le atraía – era impenetrable, igual que el agarre emocional que tenía sobre ella, su pasado era un enigma y su vida pasaba suspendida en una inexpugnable burbuja de silencio. Katie no sabía nada de él y él se preocupaba mucho para asegurarse de que esa mortaja de misterio se quedara sin perforar como una densa niebla nocturna. Era un hombre firme y controlador, en Cats Katie yo no podía bailar con otros hombres a pesar de que él seguía bailando con todas y David, viendo que ya era suya, tampoco hacía grandes esfuerzos de halagos o mimos. – ¿Se había enamorado Katie? – Tampoco sabía muy bien la respuesta, pero pasaba todo el día pensando en él, una felicidad diluida de insatisfacción, temores y reticencias, de polvos rápidos y frustrantes, de apretones dolorosos disfrazados de un cariño no existente. Otro amor imposible como siempre porque, en el fondo, Katie sabía que no podía ser y que algún momento la relación tenía que acabar. ¿Era por eso que le parecía más envolvente– porque no era real? – como el orgasmo más intenso de tu vida con la persona que no te quiere, que no es tuya y nunca lo será -el último a gozar antes de poner fin a una inalcanzable tortura.
***
El sábado del día del cumpleaños de David, Katie tenía que trabajar por la mañana, pero decidió felicitarlo por teléfono a media mañana, que ya seguramente tenía que estar él levantado. Una voz enterrada de sueño le descolgó:
- ¡¡Hola, buenos días!! ¡Felicidades cariño!
- ¿Quién eres?
- ¡Katie! – respondió ella, sorprendida que él ni le había reconocido la voz.
- Ah vale, pero que estaba durmiendo joder, que ayer salí a bailar. ¿Por qué me llamas tan pronto tonta, déjame dormir y luego nos vemos – pronunció el ex guardia civil con profunda irritación, y la colgó a Katie sin darle ni siquiera la oportunidad de despedirse.
Aquella noche cenaron en casa de David y luego después de mantener relaciones sin preliminares y sin protección y con bastantes molestias dado que David siempre iba con prisa, él se dio la vuelta en la cama, presentándole tan solo su ancha espalda sembrada de granos y lunares y se empezaba a quedar dormido.
- ¿Y si me quedara embarazada, qué harías?
- ¡Joder! ¿Estás preñada?
- ¡Qué no, qué no, pero que, qué harías si me quedara?
- Joder Katie, maldito sea, que estaba casi dormido – respondió David, quien siempre estaba cansado. – Pues si te quedaras, abortas y ya está – no esperes que yo me hago cargo ¿vale? No quiero más niños, ¿Queda claro?
- ¿¿¿Tienes niños??? – chilló Katie sorprendido. – Como, como nunca me lo habías dicho… – titubeaba ella.
David saltó de la cama, estallando sus gruesas piernas contra el suelo de parquet, haciéndolo crujir de enfado. Se dio la vuelta con su cara arrugada de ira, haciéndole a Katie creer, durante un instante, que él le iba a pegar, y tiró las mantas y sábanas al suelo de un tirón limpio y furioso dejando a Katie completamente desnuda, ridícula y expuesta.
- Katie, cómo me vuelvas a hacer más preguntas sobre mi vida, te te…exclamó David sin acabar la frase, pataleando encima de la ropa de cama que yacía en el suelo, como un niño pequeño después de tirar su manta favorita.
- David, me voy – tartamudeó Katie – es mejor que le dejemos – que no puedo más – sentenció Katie.
- Haz lo que quieras joder, pero que a mí me dejas dormir, ¿te enteras? – finalizó David, dirigiéndose al baño sin volver a mirarla a Katie.
***
Katie tenía que irse a Bruselas, a presentarse a una oposición para el cuerpo de traductores de la UE, y para ella, el examen no podría haberse celebrado en un momento más oportuno. Si aprobara, se quedaría a vivir en Bélgica, lejos de David y sus ataques de ira. Era el final de junio – seis meses habían pasado desde que se conocieron y Katie no entendía cómo había llegado a este extremo – asustada, enamorada y preocupada toda a la vez – cuando se había dicho que nunca acabaría con David. En realidad, daba igual adónde se fuese, simplemente era mejor que se fuera, dado que en Madrid Katie no sabía ni tenía la voluntad de evitarle a David, mientras que, en Bruselas, un puesto de traductor en la UE era demasiado bueno para rechazar y no podía llegar más alto en su carrera de traductora. La inglesa llevaba ocho años traduciendo textos financieros en una auditora. Le pagaban muy bien, tenía buenas condiciones y recibió una muy buena formación en la traducción de temas financieros, entonces los primeros cuatro años eran muy fructíferos, pero luego, en los últimos cuatro años, Katie había empezado a aburrirse y ya soñaba con la auditoria y hablaba como un informe de gestión y tenía claro que ya debía de salir de allí antes de volverse completamente loca. Ex-compañeros suyos ya habían aprobado la oposición de la UE; sin embargo, para la desgracia de Katie, existía un obstáculo: había introducido un examen preliminar al examen de traducción, la denominada prueba de razonamiento verbal y numérico, y el punto débil de Katie eran las mates.
Para poder desconectar y descubrir Bruselas antes del examen, Katie había pedido unos días libres en el trabajo, y hasta saldría a bailar salsa en discotecas por la ciudad, algo que le encantaba hacer cuando visitaba otras ciudades, y allí sería capaz de olvidar a David, aunque fuera a ratos. Faltaban tres horas para coger su avión hacía la ciudad belga y Katie estaba haciendo su maleta mientras que veía un programa de debate matinal. La presentadora acababa de terminar su espacio televisivo sobre el colesterol y sus peligros para la salud y había pasado a un tema que llevaba varios días siendo noticia: un hombre que decía de haber perdido a su mujer e hija durante una caminata por el bosque. El hombre había declarado ante la policía que su mujer había parado a ayudar al niño a coleccionar castañas y el hombre se había adelantado unos minutos para ver si quedaban mesas libres en una conocida zona de picnic y que, cuando volvió en sí, ya no estaban ni su mujer ni su hija. ¿Les había asesinado? – meditó Katie. Para su desasosiego, de repente Katie empezaba a pensar en David. ¿Porque Katie asociaba el reportaje televisivo a David cuando David ni siquiera era el marido en cuestión? En el avión, tampoco conseguía librar las imágenes de su cabeza de un hombre que había asesinado a su mujer e hija en un bosque, entremezcladas con escenas de David y sus arrebatos.
En Bruselas, el examen le salió fatal a Katie. La parte numérica le resultó prácticamente imposible de terminar en el tiempo asignado, y la inglesa sabía que no tenía ninguna posibilidad de pasar a la siguiente ronda. Deprimida, terminó su visita de la ciudad bajo una lluvia fina e incesante de junio y, por la noche, volvió a una discoteca de salsa que le había gustado mucho la noche anterior, pero ahora, después de pensar sola una noche antes que su futuro residía en esta pequeña húmeda y grisácea capital de Europa, con más extranjeros que belgas, ahora la realidad le aplastaba y le desmoralizaba: que no había aprobado el examen y solo le quedada un camino: la vuelta a Madrid. Lo que era peor, en vez de olvidar a David, lo veía en cada cara de esa discoteca oscura y sudorosa, y cada dos segundos su cabeza fue invadida por imágenes de un hombre que había “perdido” a su mujer e hija en un bosque y, en vez de ver la cara del marido del reportaje, solo le veía el rostro de David delante de sus ojos, entre vuelta y vuelta que le daba cada pareja de baile belga, y unos ojos verdes prácticamente cerrados de desdén que le escudriñaba una y otra vez de forma aterrador.
De vuelta en Madrid, Katie decidió evitar a Cats hasta olvidar a David. Nunca iban a ir a ningún lado y ella no era feliz. Una vez que le hubiese olvidado, volvería a bailar, tan contenta como siempre. Pasaría un julio sofocante entre su trabajo y la piscina, y luego en agosto iría a su país de vacaciones a ver a su familia y a escapar al calor y, para septiembre, David sería solo un recuerdo. Pasaban las semanas de verano muy lentamente para Katie, inquieta por no poder ir a bailar y, es más, le molestaba que David tampoco la llamara a ella, por mucho que quisiera evitarle – ¿no le echaba de menos? – se torturaba Katie – ¿tenía a otra? –
Una tarde de domingo de finales de julio, hacía tanto calor en el piso de Katie que se encontraba agotada. En Cats, tenían un buen sistema de aire acondicionado y ya echaba mucho de menos bailar. ¿Por qué se tenía que sacrificar para no verle? Si lo viera, pasaría olímpicamente de él y punto y, de todas formas, lo más probable era que David estaba de vacaciones -se pensó Katie para sí misma, sabiendo muy bien que la persona a la que era más fácil engañar era a una misma. Decidió esperar a que se cayera la noche dado que en la calle la temperatura era asfixiante bajo el sol, y se dio una ducha bien fría y luego se dirigió a Cats.
En la clase Katie respiró aliviada al no verle a David – se habrá marchado de vacaciones – pensó. Katie bailaba libremente y para la primera vez en muchos meses se dio cuenta de que se encontraba feliz. Como David no le había dejado bailar con nadie más, había sido un aburrimiento total bailar solo con él, sobre todo que tampoco bailaba nada bien – no marcaba bien el paso, casi le rompía los brazos con cada figura y cada movimiento era muy forzado. Ya casi no entendía qué le había visto -todo había sido un error y solo le había atraído su misterio y el deseo de Katie de resolverlo y de entrar en su cabeza, pero nada de lo que ella había podido sentir podría haber sido real. Después de varios bailes, Katie se apoyó en la barra dando sorbos a su Brugal con limón, escuchando la música y observando a los bailarines, y mientras sus ojos deslizaban sobre la pista, de repente, se encontraron con los de David, verdes y feroces, y el corazón de Katie se estremeció en una extraña mezcla de deseo, pánico y miedo. Katie apartó la mirada enseguida, decidida a pasar de David. Terminó su copa y se dirigió hacia los baños antes de irse, y temblando ligeramente, le costó mover entre los bailarines, tropezando en más de una ocasión.
Al salir del baño intentó marcharse del local lo más rápido posible, manteniéndose en línea recta, lejos de la pista para ver si podía escaparse sin que le percatara David.
– Ay – gritó al pisar mal con su tacón de 7 centímetros, sacando su brazo izquierdo para agarrar lo que encontraba delante para no caerse, sin darse cuenta que acababa de agarrar al bailarín cubano.
– Ah hola, y perdona, me he tropezado – murmuró Katie.
– Tranquila. ¿Bailamos? -le preguntó el cubano extendiéndole la mano, a quién no le había escapado el interés menguante de Katie estos meses, haciendo que la inglesa de repente, le parecía ligeramente interesante a él, ¡por muy mal que bailara!
– Ay no gracias, otro día, es que me marcho ya.
El cubano se quedó inmóvil durante unos segundos sorprendido por su rechazo y consecuentemente, con aún más ganas de convencerle que bailara con él.
- Venga solo uno y luego te vas.
- No, de verdad, no puedo, son las doce, tengo que irme, como Cenicientas, ja ja, – se reía la inglesa, tampoco entendiendo por qué rechazaba al cubano cuando hace unos meses habría matado por bailar con él. Pero por mucho que ella quisiera, los ojos negros de azabache del cubano ya no la quemaban. ¿O era simplemente que el objeto de sus obsesiones había cambiado?
- Ok pues nada. Espero verte la semana que viene por aquí.
- Yo también – dijo Katie diciéndole adiós con la mano – hasta la próxima- y se alejó sin volver a mirar al cubano.
Katie estaba casi fuera del local; tan solo le quedaba cruzar la segunda pista, la que estaba cerca de la puerta de la calle, donde solían bailar los aficionados a salsa en línea al encontrarse más espacio alejado de la pista principal. De repente, su profesor le paró en seco para rápidamente darle dos besos de despedida, y cuando volvió a dirigirse a la puerta se chocó tronco contra tronco con David.
- ¿Adónde crees que vas sin despedirte de mí? – sonrió David, tambaleándose para adelante y para detrás con un vaivén de sus pies, acercando su cabeza a la de ella en ademán interrogatorio.
- A casa – le dijo Katie.
- Pues yo también – te acompaño.
- No hace falta David, de verdad, ya lo dejamos.
- Pues por mí no, y tampoco me habías informado de ello – se sonrió David de nuevo.
- No teníamos nada, solo sexo, tampoco tenía la obligación de decirte nada. Sin embargo, sí que me gustaría que me devolvieses el reloj que dejé en tu casa la última vez – es que era de mi abuela.
- Pues vente a casita ahora y te lo doy vale, que yo también tengo ganas de “solo sexo” en ese momento – se rio David. Era una de las pocas veces que Katie le había visto sonreírse tanto.
- Vale, pero sexo no habrá, solo quiero que me devuelvas mis cosas.
- Ok, sin problema, lo que tú quieras.
En la calle aún hacía 30 grados, a pesar de ser medianoche, y a lo lejos unos truenos carraspeaban escandalosamente en preparación para una fuerte tormenta veraniega.
- Está a punto de caer una…- dijo Katie mirando el cielo con renuencia y quien, desde niña, siempre había tenido miedo a las tormentas.
Ya en el coche de David, Katie empezaba a arrepentir de haberse subido. Al bajar en su casa, Katie gritó a David al alejarse del portal de él:
-Mira estoy tan cansada, es este calor, me deja por los suelos. ¿El reloj me lo llevas a Cats el domingo que viene?
– No seas tonta. Es un momento – la semana que viene estaré de vacaciones – contestó David cogiéndole a Katie de la cintura con sus gigantes manos y llevándola al portal a pesar de sus protestas.
-Ok, pero me voy enseguida-le contestó Katie, viendo que no era tan fácil escapar a su ex-amante. Ya la tormenta se acercaba más, removiendo las nubes de forma irritada, resonante y estridente, a tan solo unos pocos kilómetros de distancia, y Katie era consciente de que, si se intentara escapar ahora, pillaría la tormenta de pleno en todo su fuerza y enfado y tampoco sabía cuál le asustaba más – el estallido que acechaba en el cielo o el que tenía delante quien ya sujetaba sus brazos como si la acabara de detener, arrastrándola por la puerta como su presa.
Nada más entrar en el piso de David, el ex guardia civil le empujó brutalmente contra la pared, arrancando su blusa y cubriendo sus senos de una saliva babosa. Le subió la falda roja estrujándole sus nalgas violentamente con los dedos a punto de penetrarla cuando Katie conseguir librarse.
– ¿No tienes preservativos? – le preguntó Katie, sabiendo que no los tendría.
– Joder tía por qué no me lo has dicho antes de subir en vez de estropear el momento.
– Mira tampoco me lo estaba pasando bien – se pensó Katie, aunque sin atreverse a decírselo a David.
– Vale -bajaré a comprar – contestó él impaciente y con cierta urgencia. Cerró la puerta con fuerza y el primer pensamiento de Katie era que tenía que escapar, pero algo le mantenía allí y ya no era deseo por él, sino deseo por aclarar su pasado. Katie empezaba a rebuscar frenéticamente en todos los cajones del pequeño estudio de David, sin encontrar nada que revelara si había tenido niños, como había dicho la última vez que Katie estaba en su piso. No había fotos, ni prácticamente nada en la estantería y David sólo tenía un solo libro. Todo el piso estaba, en general, bastante desnudo con tan solo unos trastos polvorientos que David había recogido de sus numerosos viajes al extranjero aliviando la sensación de abandono. Una cosa que captó la mirada de Katie fue el número de sables en la pared. David, como era ex militar, adoraba las armas. Nunca se había dado cuenta de cuántos habían hasta ahora. – Sólo un libro y veinte sables -, pensó Katie para sus adentros, ¡- qué mal gusto tienes Katie, de verdad! –
Katie se acercó a la estantería de todas formas, decidida a rescatar el libro solitario. Ni el título ni el autor le sonaban. Ni siquiera había elegido un buen libro, pensó para sus adentros. Probablemente fue un regalo y ni siquiera lo había comprado él. La cubierta era una malísima imitación de la de “Lo que el viento se llevó” e hizo que Katie dedujera enseguida que el libro no valía la pena leer. David debe de haber pensado lo mismo, ya que el libro no tenía pinta ni de haber sido abierto, y era evidente que él no había leído una sola página de la misma. Ella fue a poner el libro de vuelta con un creciente sentimiento de desasosiego. Una vez más se las había arreglado para atraer a la persona completamente equivocada, una bestia, sin cultura, ni con interés por nada salvo su propia fuerza, y allí estaba esperando su vuelta sin encontrar la manera de salir, sin esperanzas de poder esclarecer qué era que le atraía y le desconcertaba a la vez de este hombre. Se decidió darse por vencida; echaría un vistazo rápido por el piso para ver si conseguía encontrar su reloj y luego se pillaría antes de que volvería David.
De repente, la inglesa vio caer algo al suelo cerca de sus pies. Era una tarjeta de identificación- que debe de haber caído del libro- pensó. Cogió la tarjeta. David volvió a mirarla calvo, gordo y feo y mucho más joven. Estaba vestido con su uniforme de guardia civil. La foto probablemente fue tomada hace unos veinte años. Ella decidió dejar la tarjeta en la estantería y decir a David que la había encontrado por si la había echado en falta. Se dio la vuelta una vez más para dirigirse al sofá, pero de repente paró en seco. Algo le había chocado, pero tardó unos instantes en caer en la cuenta. El nombre: Andrés Díaz Castillo. Qué raro – pero él le había dicho que se llamaba David Etxebarría Bazán. Ella miró la tarjeta durante un largo momento sin saber cuánto tiempo había estado allí. De repente, el cielo estalló de rabia; la tormenta ya llegaba impaciente y furiosa y gotas de lluvia aliviadas empezaron a salpicar el asfalto de la calle, apuñalando el aire cálido y enfriándolo bruscamente. Katie siguió de pie, ahí, tratando de entender por qué su amante habría cambiado su nombre. ¿Igual había estado trabajando en una misión secreta o había tenido que cambiar su nombre por razones de seguridad? ¿Tal vez hubiera trabajado en misiones relacionadas con la ETA y tuviera un nombre secreto? Katie se acercó al ordenador de David. David siempre lo dejaba encendido. De pronto, el salón fue envuelto en la oscuridad duraba unos instantes – se había cortado la luz – seguramente por la tormenta. Casi enseguida el salón se iluminó de nuevo. Gracias a Dios –se dijo Katie. Odiaba los cortes de luz – le recordaban su infancia; cómo se asustaba durante la tormenta cuando se veía atrapada en una penumbra que le cegaba y le abrumaba hasta saltarle las lágrimas.
Ella se sentó en el sofá inclinándose sobre el ordenador portátil de color plata que David había dejado sobre la mesa de centro. Tecleó en Google el nombre que figuraba en la tarjeta. No iba a ser una búsqueda fácil – el nombre y apellidos eran muy comunes. Linked in, Facebook. Hizo clic en el enlace de Facebook. No, definitivamente no era él. Que ella supiera David no tenía un perfil de Facebook. Había miles de resultados para Andrés Díaz Castillo. Pronto estaba en la página tres. Necesitaría una foto para encontrarlo. Abrió varias páginas. Nada. No era él. Probablemente no valiera la pena continuar. Estaba a punto de hacer clic en la página 4, cuando unas palabras le llamaron la atención. “Esposa y dos hijos”, “apuñalados”, “declarado culpable”. Hizo clic sobre el artículo impacientemente. El artículo tardó un tiempo en abrirse, contribuyendo a aumentar la agitación de Katie. Lo primero que vio fue la fecha – 20 de noviembre de 1991. Día Universal del Niño. Seguido de la fecha era el titular: Masacre del Día del Niño, luego el subtítulo: «un Guardia Civil mata a su esposa y dos hijos mientras otros conmemoraban los derechos del niño”. El corazón de Katie empezaba a saltar tanto que los asustados latidos le salían de la boca en forma de sollozos. Seguía siendo un nombre común, fácilmente podría haber otro guardia civil en España con ese nombre – pensó. ¿Con una esposa y dos hijos, sin embargo? – recordó. Buscaba desesperadamente una foto, desplazando el cursor arriba y abajo en la página, pero no había ninguna. Su mano ya temblaba tanto que casi no era capaz de sujetar el ratón. No podía estar segura – si hubiera sido él ¿estaría ya vagando libremente por las calles de Madrid? Noviembre de 1991 – hace más de 25 años. Podría ser él. Preguntas y dudas amasaron en su cabeza – que tenía que ser él –ya eran muchas las coincidencias y eso explicaría por qué nunca hablaba de su esposa y sus hijos….
De repente oyó un ruido y saltó con tanta brusquedad que casi se cayó del sofá. Era el sonido de una llave agitándose en la cerradura. David había regresado. Ella estaba paralizada de pronto, no sabía dónde meterse ni qué hacer.
- Hola cariño – dijo David – está lloviendo a cántaros – ¿has escuchado los truenos?
- Sí – contesto Katie en voz muy baja. Le costó pronunciar la palabra.
- ¿Estás bien? – pregunto David.
- No, es que me ha llamado una amiga y está muy mal y tengo que ir a verla. Si quieres quedamos mejor otro día.
- Ah vale – dijo David sorprendido. – No tardamos nada – continuaba él, dirigiéndole a Katie hacia el sofá de nuevo.
– ¡No he cerrado el ordenador! – pensó Katie mientras le empezaba a invadir un calor insoportable. Corrió hacia la puerta y consiguió desviar la mirada de David. ¿Había visto la página de Google aún abierta? se preguntó Katie. Su histeria ya era evidente. David se abalanzó sobre ella rodeando su cintura de sus brazos.
- ¿A qué viene tanta prisa? – le preguntó a Katie.
- Nada – dijo Katie intentando librarse – pero me tengo que ir.
El empezaba a besarle el cuello. ¿Había visto la página de la búsqueda al final? Ella seguía de espaldas e intentaba dar la vuelta para captar su mirada. Era imposible librarse – David pesaba dos veces más que ella y era fuerte como un rascacielos en un vendaval. Sus brazos empezaban a apretarle más y más hasta que ya le dolía. Era prisionera – no podía moverse en absoluto, sólo mirar la pared de enfrente.
- Por favor – le suplicó – debo irme.
El permanecía en silencio. ¿Qué hacía? No podía verlo, sólo las sombras de su ancha silueta en la pared. Escuchó un ruido metálico y vio que sacaba algo de una funda y lo zarandeaba. Katie veía una sombra en la pared – el sable era largo y curvo.
– Dios mío, por favor – gritaba. – Dios mío David, por favor no.
La imagen de su madre invadió su cabeza. Tenía Katie cinco años. Su padre le estaba amenazando con un hacha a su progenitora. Katie se había escapado de casa para alertar a los vecinos. Su madre había sufrido durante 40 años, pero nunca se había ido. Con cinco hijos y nada de dinero le era imposible, su padre ni le había dejado trabajar. Finalmente había caído en el mismo error que su madre. Esto ¿cómo lo superaría su madre? tan buena que nunca había hecho daño a nadie – esto la destrozaría. “Por favor, mi madre, esto la matará” intentó decir, pero el miedo ya le estrangulaba las palabras.
– Por favor – suplicó una vez más mientras un líquido amarillo le quemaba las piernas. Katie vio la sombra alzarse más hasta que, por fin, el sable era visible, ya posicionado delante de su cuello. La habitación cayó de nuevo en la oscuridad.

